Lucas pisó una abeja

Lucas pisó una abeja el otro día. Debían ser las horas que rondan al mediodía porque el sol era vehemente y el reflejo de la luz en el suelo agrietado lo hervía y deslumbraba. Caminaba perdido en un llano de pensamientos, distraído de la falta de viento, de lo seco de la atmósfera, de lo solitario del paisaje. Meciendo los pasos, recorría en línea recta la distancia como quien no quiere llegar a ningún lado.

Y la abeja no estaba en su camino; se encontraba a unos veinte centímetros al frente y a la derecha del paso natural que Lucas guardaba. Ese es el asunto: pudo haber seguido indiferente, como venía haciéndolo kilómetros antes, pero alargó veinte centímetros al frente y a la derecha el pie derecho. El crujir de la abeja en la suela del zapato lo despertó del letargo en que el sol lo había inducido. El movimiento del pie fue consciente, pero demasiado rápido como para contenerlo. Como si el impulso de matar se apoderara de él por un momento.

De inmediato, la culpa. Intentó justificar su acto repitiéndose que había sido un reflejo sin malicia; pero dentro de sí sentía que había sido, en realidad, un instinto inexpugnable y sin sentido el que había tomado control de su cuerpo en ese instante. Pensó en el poco valor que para él tenía la vida de un insecto; no era la primera vez que reflexionaba esta cuestión. No alcanzaba a desentrañar las razones precisas, pero estaba seguro de que hasta las moscas y las cucarachas juegban un papel importante en el mundo. Se sintió hipócrita cuando hizo un repaso general de todas las moscas, mosquitos, palomillas, cucarachas, hormigas, y toda clase de insectos que, con matamoscas, huaraches, venenos, periódicos enrollados, suelas de zapatos y, sobre todo sin remordimientos, había matado. Seguro que serían miles.

“Higiene; los mata uno por higiene” pensó para justificarse. Sin embargo, ahora que estaba compungido por la abeja que acababa de asesinar no podía perdonarse la sangre de los demás insectos que corría por su cuenta. Pensó en lo terrible que sería para el hombre ser aplastado sin consideración o aviso por otra especie. Sus actos le parecieron crueles, inhumanos. Puso las rodillas y palmas sobre el suelo caliente, se inclinó hacia enfrente para ver de cerca los restos aplastados de la abeja. Una empatía absurda le llegó a los pómulos como una onda tibia y le erizó los vellos del cuerpo; el escalofrío le hizo cerrar los ojos un instante. Se acercó al lugar donde debía estar el cadáver, pero ya no estaba. Se quedó así un momento, confundido, inspeccionando el pedazo de suelo. Una sombra ovalada que crecía y se hacía cada vez más densa avanzó rápidamente sobre el terreno donde él estaba y luego, en un instante, su vida se volvió nada.

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