Una taza de café con leche

El nuevo día afloraba como pétalos dorados y rosáceos sobre las crestas de las lomas. Anunciada a lo lejos y a lo cerca por los gallos, la aurora maduraba lentamente en violeta y girasol. La calidez creciente, aunque débil todavía, animaba el gorjeo de las parvadas en vuelo y los primeros rayos se insinuaron a través de la ventana de Lorenzo. No fueron estas señas las que lo despertaron, sino el ajetreo en la habitación contigua. Pasos decididos de un lado a otro, el palo estirando sobre la mesa la masa que pronto sería tortillas de harina y el peltre precipitándose sobre la plancha de la estufa.

     Le pareció estimulante el tintineo débil de una cuchara chocando contra las paredes de una taza. Cerró un instante los ojos apenas entreabiertos y se encontró sentado en el canto de la taza, meneando las piernas al ritmo de los giros de una gran cuchara, hipnotizado por un remolino tranquilo de café con leche. Subía un aroma tibio que le rodeaba el cuello y le envolvía el rostro. De súbito, una ráfaga de frío lo envistió por la espalda y, justo antes de caer en el café, abrió los ojos. Su compañero de catre, al levantarse, había arrojado la cobija al piso.

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