Puerto San Luis (parte I)

Ramón tenía por oficio, por lo menos al momento de esta historia, el de trailero. Ese día, circulaba por las calles de Tijuana en un tráiler que trasportaba poco más de treinta toneladas de cobre que debía entregar sin demora en Juárez. Y el día –que rondaba las dos de la tarde– era frío como cualquier otro de diciembre, pero eso no le impidió seleccionar su vestimenta de viaje bajo los principios de lo que él consideraba viajar cómodo: tenis deportivos, shorts de basquetbol y playera interior a tirantes; después de todo, el tráiler tenía calefacción.

El de esta ocasión, era un trabajo sencillo que le llevaría unas catorce o quince horas y que, a su parecer, le daría la oportunidad de pensar, sacar el estrés y estar tranquilo. Así que, sin más, Ramón se puso en marcha. Era un trayecto que no le era ajeno y, de hecho, lo disfrutaba mucho. A su juicio, recorrer la ruta sin tener que estar especialmente alerta, le daba al asfalto un aspecto diferente, como de calma. La imagen del viento sereno agitando la hierba que se extendía dorada hasta toparse con el cielo sin nubes, lo llenaba de paz. Podía respirar a fondo. No era algo que hubiera notado antes, pero le parecía que hacía tiempo la respiración se le atoraba a mitad de su camino; ese día el aire inflamaba su pecho hasta llenar sus pulmones.

Entre estaciones de radio y ruido blanco se dieron las ocho y media de la noche. Había recorrido ya los primeros seiscientos kilómetros y el terreno comenzaba a presentarse escabroso. Era hora de la cena así que decidió detenerse a cenar en un restaurante solitario a un lado de la carretera. Tal vez por ser las fechas decembrinas, en las que la gente prefiere el resguardo del hogar, el lugar estaba vacío salvo por Ramón y la cocinera que también era la cajera y la mesera. Apenas había tragado el primer bocado cuando escuchó un ruido afuera. En el tráiler el tapón del tanque de diesel estaba removido, la puerta del copiloto abierta y sus cosas revueltas en el asiento. Recordó que a un kilómetro de distancia sobre la misma carretera había una base de la policía federal y, sin tardar, se encaminó hacia ella.

En el pequeño cuartucho no había un solo federal; ni siquiera había luces encendidas. La calma que había sentido hacía unas horas ya no era más que un recuerdo y, por el contrario, ahora tenía la sensación de que algo andaba mal; decidió que lo más sensato era continuar el viaje sin demora. Pudo avanzar sin novedad por unas horas hasta Puerto San Luis, cerca de la frontera de Chihuahua, Sonora y Nuevo México. Eran las doce o una de la madrugada y la carretera estaba ahora sola. Tenía un poco de sueño, así que bajó los vidrios unos veinte centímetros para que el aire frio lo reanimara. Era una noche muy oscura; sin luna. Sólo podía ver lo que los faros del tráiler desvelaban.

El tramo de Puerto San Luis es cuesta arriba y de curvas muy pronunciadas, así que circulaba a veinte o treinta kilómetros por hora. La pesada carga del tráiler hacía imposible ir más rápido. Llevaba ya un rato sin encontrarse con algún otro vehículo cuando, a través de los espejos retrovisores, los faros de dos camionetas se proyectaron. Sospechó que lo estaban siguiendo porque a pesar de ir tan lento, no lo rebasaban. En una pequeña recta, una de las camionetas lo pasó. Estaba concentrado en el retrovisor, tratando de detectar algún movimiento, cuando un hombre saltó sobre la puerta izquierda de la cabina; trastabilló un poco a la vez que se hacía del espejo retrovisor para no caer; logró ponerse en pie sobre el estribo. Antes de que Ramón intentara cerrar la ventana, el tipo introdujo el brazo con la intención de quitar el seguro de la puerta, pero por lo reducido del espacio, no lo alcanzó. Ramón entorpecía las intenciones del maleante manoteándolo.

– ¡Para el tráiler, cabrón! –gritó con voz rasposa el individuo, a la vez que sacaba una pistola y le apuntaba–.

            Ramón no tuvo opción más que seguir las instrucciones y se detuvo en el punto más alto de la cuesta donde esperaba la camioneta que lo había rebasado; ahí había un espacio para orillar el tráiler. Cuando el tráiler estaba ya fuera de la carretera, sin dejar de apuntale con el arma, el sujeto se colocó frente al tráiler para impedir el paso. De la camioneta que lo seguía descendió un hombre que subió al estribo derecho y le ordenó abriera la puerta. Intuía que la posibilidad de que lo mataran era alta. Miró de soslayo al maleante en el estribo y le pareció joven –de no más de veinte o veintidós años–; temblaba nervioso. Ese miedo que Ramón leyó en sus ojos se manifestó en su propio cuerpo como un ataque de adrenalina. De súbito aceleró hacia la carretera. El hombre que cerraba el paso esquivó el tráiler por el lado izquierdo y alcanzó a retomar su posición en el estribo. A partir de ese punto el camino era cuesta abajo y la velocidad ya no sería un problema; sin embargo, ahora tenía a las dos lacras montadas una en cada estribo. En cuanto a Ramón, su valentía, que para muchos será más bien temeridad, se mantenía firme porque a pesar de que uno de ellos estaba armado, no le había disparado; “no tiene huevos este pendejo”. Curvas que debían ser tomadas a treinta kilómetros por hora, Ramón las pasaba a setenta y el tráiler estuvo a punto de volcarse en más de tres ocasiones.

–¡Párate, aquí te vamos a matar, hijo de tu puta madre! –ladraban estos perros que no mordían–.

Los otros miembros de la banda seguían a la zaga en las camionetas y, a diferencia de estas dos ratas, estaban decididos a terminar con la escena: se escucharon los primeros disparos. “Quieren ponchar las llantas”. De lograrlo, perdería el control y luego, cuando lo atraparan, ahora sí iban a ponerle una bala entre las cejas. El tipo del lado izquierdo quebró la ventana de un cachazo. Con manotazos, Ramón trataba de impedir que abriera la puerta, sujetara el volante o le reventara los sesos de un balazo. Transitaban un tramo con barranco a la izquierda. En la situación extrema en que estaba, la muerte a mano propia se le presentó a nuestro personaje como la mejor solución posible: “a mí nadie me va a agujerar la cara”. Con la decisión que un hombre abraza su destino cuando ya no hay salida, enfiló el tráiler al precipicio.

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